sábado, 22 de agosto de 2009

Café y napolitana




Piiiiiiiiiiiiiiiiii- sonó el timbre de la puerta.

Nos separaba un trozo de madera con fragmentos de metal, aunque bastante fácil de arrancar.
Al traspasar aquella franja, percibí un especial aroma, suave e hiriente, que inocentemente jugaba con la superfície de su piel. Le deseé perversamente.
Contemplé todo lo que me había traido con ojos golosos y sin ningún tipo de resentimiento, devoré todo aquel festín, quedando unas pocas migajas que no dudé engullir.

-¿Podré también devorarle? aún no estoy saciada- pensé.