
El sonido indie de aquel antro invadía cada pedacito de nuestro cuerpo.
La miraba y ella sabía que lo hacía. Intentaba por todos los medios grabar en acero fracciones de segundo protagonizados por ella y por mí.
Dejé que mi organismo se viera afectado por las miles de moléculas de etanol y fue en ese preciso instante cuando intenté localizar en mi cabeza cuál era exactamente el ritmo marcado, para anticiparme a cada nuevo golpe con un movimiento de cabeza o de caderas.
Era entonces cuando mi cuerpo conseguía entrar en modo éxtasis, completamente entregado a las imposiciones de la música, dejaba de ser mío por un instante, sometido a los caprichos de algún dios arcano que por un determinado período de tiempo se haría cargo de él. De esta manera yo dejaba de tener consciencia de mí misma y mis preocupaciones quedaban al nivel del subsuelo.


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